lunes, 16 de enero de 2017

Rompías mi corazón.



Rompías mi corazón.

Me rompías y luego me buscabas entre las ruinas como si fuera un tesoro.
Y yo, que terminé siendo polvo entre tus dedos, me escurría para dibujarte el camino de regreso.
Pero no siempre volvías.
Y yo me quedaba esperando a la orilla para descubrir la sal de otra boca en la tuya.

No eras mío. No era tuya. Y sin embargo éramos el uno del otro.
Como caminos que saben que seguirán encontrándose porque los dos van a Roma.
Como acordes que sólo son música cuando se tocan juntos.
No eras mío. No era tuya. Pero sólo éramos cuando nos fundíamos en la misma cama.

Jamás me sentí más yo que cuando me arrancabas tu nombre de los labios.
Jamás fuiste más tuyo que cuando te permitías darte a mí por unas horas.
Pero no creo que fuera amor. O al menos no era el amor que merecía.
Porque el amor que merezco es más valiente que la propia palabra.
Y no huye. Y no se esconde. Y lo único que rompe son mis bragas.

Y sin embargo tú rompías mi corazón.
Porque te querías libre y a mí me atabas las alas.
Porque sólo eras capaz de decir con tus manos lo que gritaba tu corazón.
Porque cuando te lo quería dar todo no eras capaz de devolver ni una pizca.
Porque huías. Y te escondías. Y me rompías hasta la fe.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Marta (Proyecto?)


Siempre he pensado que la pregunta ¿qué hubiera pasado si...? era más una cuestión de motivación que se usaba para dar consejos no pedidos. Y tenemos que reconocerlo, todos le hemos dicho a alguien alguna vez que tenía que dar un paso hacia delante para no pasar el resto de su vida pensando en qué habría podido pasar si no sé, en lugar de habernos entretenido hablando de más con aquella señora en la cola para comprar el billete, hubiéramos corrido como si el suelo quemara para no perder el tren. Sí, ese que sólo pasa una vez y si no lo coges estás jodido de por vida, y abocado a pasar el resto de tus días vagando en relaciones que jamás te llenarán del todo. Y con mucho sexo del malo.

Lo reconozco, siempre fui un poco escéptica para estas cosas. Quizá porque he crecido rodeada por un grupo de amigas con un curriculum amoroso más completo que el que te piden hoy en día para trabajar en el chino de al lado de casa. Y sí, he visto de todo. Desde tíos que tres semanas después de conocerte ya te quieren para la eternidad, hasta otros que te aseguran que van a dejar a su novia de toda la vida porque magia, después de pasar la noche retozando contigo en el baño de una discoteca, en el sofá de su piso, y en el asiento trasero de su coche, han visto la luz y les apetece dejar una relación estable de 7 años para tener otra aún más estable contigo. Pero mi historia preferida, siempre fue la de aquel tío al que mi amiga pilló por Facebook escribiéndose con al menos 10 mujeres distintas y que se excusó alegando que nunca había llegado a quedar con ellas. Decidme que no es para hacerle un monumento en el centro de Madrid.

Definitivamente no. Nunca tuve ganas de perder mi tiempo en una relación seria que a todas luces terminaría conmigo como un oso panda porque no me desmaquillé antes de irme a llorar a la cama, y comiendo helado de brownie de Ben & Jerrys (que por todos es sabido que es el mejor) mientras me flagelo viendo El diario de Noa en bucle, preguntándome por qué coño se me ocurrió que era una buena idea darle mi corazón a un cabrón que encima no follaba tan bien. Un planazo, vamos.

Y así pasó mi adolescencia íntegra y casi todo el comienzo de mi madurez; follando mucho y queriendo lo justo.

Ahora es muy probable que penséis que soy de piedra. Que uno tiene que enamorarse para saber lo qué es la vida. Que lo que tengo es miedo y soy una cobarde conformista que lo único parecido a una relación que ha tenido ha sido cuando ayudó a una amiga a ligarse a un tío dictándole lo que tenía que escribirle por Whatsapp. Y puede que en parte sea cierto y al final terminaré dándole la razón a mi amiga Clau cuando me decía que cualquier día inesperado me estamparía de cara contra el hombre de mis sueños y no me quedaría más remedio que aceptar que soy humana y no un robot sin sentimientos. Ese día estaba más cerca de lo que yo pensaba, y cuando ocurrió, deseé mucho y muy fuerte haber hecho caso a Bea cuando decía que había que ir arreglada hasta a comprar el pan porque la vida es como una caja de bombones y nunca sabes en qué momento aparecerá el bombón que hará que quieras saltarte la dieta sin parar aunque con ello el acné juvenil vuelva a llamar a tu puerta.

Por cierto, que estoy aquí contándoos mi vida y ni siquiera me he presentado. Me llamo Marta, vivo en Madrid y mi existencia está a punto de cambiar por completo.

jueves, 9 de junio de 2016

Cosas que ya no importan.


Dejó de importarle. Que las paredes parecieran respirar al mismo compás que cuando sus dedos le recorrían la espalda. Que la almohada aún oliera a la playa dónde le amó por primera vez. Sin el dolor de las cicatrices. Dejó de importarle la lluvia chocando contra el cristal, trayendo consigo el recuerdo de una tarde que decidieron no salir a cenar para comerse a besos. Dejó de importarle la luz del sol colándose entre las rendijas de la persiana, como si la vida, la muy puta, quisiera despertarla para seguir haciendo de ella un chiste. Y así, dejaron de importar muchas cosas, como el silencio llenándolo todo de llamadas que nunca llegarían; como el viento, que siempre le sacó tanto de quicio; como el sabor del chocolate, que ya nunca sabría tan dulce como en sus labios. Dejó de importarle. Porque entendió, que a pesar de haberse repetido siempre que no debía darle el poder de destrozarle el corazón, al corazón eso no le importaba. Y como buena kamikaze saltó al vacío sin saber que el subidón de adrenalina dura apenas unos segundos, pero el golpe te puede arruinar la vida si no te aseguras de que al fondo no hay asfalto. 


P.D. Sigo viva, aunque mi inspiración ahora se mueve más por Instagram ;)

martes, 24 de noviembre de 2015

Kamikaze.



Tengo heridas en las manos de sujetarme con tanta fuerza el corazón. No existe un órgano menos nuestro y tan de otros. Y el mío se siente encarcelado ¿comprendes? Como si yo para él no fuera más que un guardia vigilando sus latidos. E inventa huidas cada vez que paso por tu lado y sonríes con disimulo. Es bueno en ello, ¿sabes? En escaparse, digo. Creo que en el fondo me gusta hacer la vista gorda y observar hasta dónde son capaces de llegar sus ganas de tenerte. Soy kamikaze, y adoro la sensación que regala un salto al vacío.

A veces pienso que debería descoserme la boca. Soltar de un tirón los hilos que mantienen encerradas a cal y canto las palabras que te pertenecen. Sólo a ti. Ya lo he dicho, sólo a ti. Decirte que la distancia entre nuestros huesos me hace sentir enferma. Que no hay cenizas, sino escombros que todavía intentan no arder. Que estoy cansada de tener que clavarme al suelo de mi habitación para no salir corriendo a buscarte. Que te quise. Que te quiero. Y que probablemente te querré.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Te quiero.


Puede que tú no lo sepas, pero a través de tus ojos se ve el universo entero. Y sólo tú eres capaz de convertir la vida en un viaje de ida fascinante, donde cada parada es una lección y cada turbulencia un subidón de adrenalina.

Nunca te lo dije. Que mis otoños eran siempre primaveras con mi cabeza sobre tu pecho. Y que las pulsaciones me bailaban arrítmicas cuando sin siquiera rozarme, me hacías el amor a oscuras.

Nunca supiste que bajo tus dedos mi espalda era un piano dispuesto a cualquier melodía. Y que mis labios se aprendieron de memoria los pliegues de tu sonrisa.

Y ya no puedo callarme. Porque siento dentro una voz que grita hasta quedarse afónica. 

Que te quiero. Con una locura desmedida que me hace saltar al vacío. Con mi cuaderno en blanco y mi bolígrafo rebosante de tinta.

Te quiero. Porque en ti he encontrado las piezas que me faltaban para terminar de construirme. Porque sólo tus manos conocen el modo de curar mis cicatrices.

Te quiero. Y si dijera que a ratos te olvido estaría mintiendo, porque hasta mis sueños se han enamorado de ti. 

Te quiero. Con las luces encendidas. Con el dolor antiguo al descubierto. Con el calor de mis mejillas. Y con todos los besos que no te di y siempre te pertenecieron.

jueves, 14 de mayo de 2015

Huracán.


Volviste. Llegaste como siempre solías hacerlo, fuerte, decidido, frío. Sonreíste canalla, como el que sabe que tiene un as en la manga y que podría utilizarlo cuando quisiera. Como el que se siente dueño de algo que aunque no es suyo podría serlo. Volviste. Recaíste en mis ojos como el que enciende un cigarro después de años sin llenar sus pulmones de humo. Volviste. Intentaste encontrar en mí a la niña que se deshacía entre tus manos, como una canción cantada a tientas en un cuarto a oscuras.

Tiempo atrás solía ser tuya además de mía. Y en mi mente siempre fuimos dos jugando a encontrarnos por casualidad. Dos personas sin nada en común que lo tenían todo entre las sábanas. Dos personas que podrían quererse aunque la simple idea del amor fuera el monstruo bajo esa cama sin dueño. Tiempo atrás solías vivir en mi cabeza más de lo que me hubiera gustado. Como aquel al que no puedes dejar de mirar aún sabiendo que jamás querrá saber más de ti que lo que su propia vista le ofrece. 

Volviste. Me llenaste los oídos de poesía, de música con mensaje, de esa que parece que te habla únicamente a ti. Me desnudaste, pero sólo con tus ojos de café, porque aunque tus manos también quisieran hacerlo no supiste encontrar en mí una grieta por la que colarte. Y me abrazaste, mucho y muy fuerte, esperando que yo también volviera. Como si eso fuera posible. Como si nunca hubiera desaparecido la inocencia que se nos perdió en esas cuatro paredes. Como si aún fuera tuya, además de mía.

Volviste. Como un huracán a punto de arrasarlo todo y no dejar nada, para después desaparecer y no ser más que una cicatriz mal cerrada. Menos mal que a pesar de ser sólo dos jugando a un juego de mayores yo siempre te vi venir. Y escapé. Escapé como aquella tarde en la que no me quedó más remedio que terminar una partida en la que sabíamos que nunca ganaría nadie. 




martes, 10 de marzo de 2015

La historia que tuve que contarte y no lo hice.



Recuerdo aquellos días con la misma nitidez con la que veo el folio en blanco sobre el que cuento nuestra historia. Si cierro los ojos y me quedo muy quieta, aún puedo sentir las yemas de tus dedos viajando por mi espalda, y a veces, cuando me tumbo en la cama y todo se vuelve silencio, escucho tu sonrisa, que para mí siempre fue la canción más bonita del mundo.

Mentiría si dijera que no me arrepiento de los últimos días. Aquellos, en los que por no dar la cara y decirte la verdad mirándote a los ojos, preferí alejarme; así, muy despacio para que no doliera tanto dejar de tener tus besos.

Podría haberte dicho muchas cosas entonces. Que jamás olvidaría la primera vez que escuché tu voz y que en cierto modo siempre supe que terminaría en tus brazos. Que agradecería eternamente las palabras de ánimo y las miradas cómplices. Que la primera vez que me desnudaste estaba tan nerviosa que apenas lo disfruté, pero la segunda, la tercera, y las que vinieron después fueron para mí un regalo que nunca quise desenvolver del todo para que no desapareciera. Que aunque intenté alejarme de ti no pude y siempre me empeñaba en encontrar el camino de vuelta.

Podría haberte dicho que siempre había querido más. Un despertar a tu lado. Un día en la playa. Una noche entera para contar tus lunares. Que a mí ya no me bastaban un par de horas porque quería días enteros. Que se me cortaba la respiración al pensar que habría otras y que nunca fui la única. Que si me alejaba de ti era porque me había dado cuenta de que nunca seríamos el uno del otro.

Pero no te dije nada, porque no podía. Porque siempre me faltó valor para hablar de sentimientos contigo. Porque me pudo el orgullo.

Y hay días en los que te veo, y aún estando tan cerca te siento a kilómetros de mí. Y recuerdo el día en que descubriste que tenía cosquillas y me parece que han pasado 10 años. Y me invade el desconcierto por no saber qué habría pasado si te lo hubiera contado todo.

Supongo que hay cosas con las que aprendemos a vivir aunque nos hayan hecho herida.