miércoles, 10 de octubre de 2007

A través de un agujero


Es sorprendente el hecho de poder ver a través de algo tan pequeño como un simple agujero, algo tan grandioso como el Vaticano.


Es como en la propia vida, cuando algo diminuto como es un gesto, llega a convertirse en algo grande; llega a cambiarlo todo de una manera impresionante.


Hay personas, que jamás lograrán expresar o decir con claridad lo que están sintiendo, y sin embargo hay otras que no dudan, que se arriesgan, que luchan. Yo podría decir que he llegado a formar parte de esos dos tipos de persona; de las que se callan, y de las que hablan.


Cada una de las partes tiene sus ventajas e inconvenientes. Callar te sirve para evitar preguntas y un posible daño o rechazo. Hablar te sirve para intentar conseguir lo que quieres. Sin embargo, hay ocasiones en que hablar demasiado o tempranamente será la causa de un fracaso.


Si observo mi vida desde ese pequeño agujero, podré ver como lo bueno arrasa todo lo malo. Por otro lado, no logro evitar sentir que algo ha fallado; que yo he fallado.


Nadie nos dijo que la vida fuera sencilla. Hoy estás arriba, y mañana estás abajo. Es similar a una montaña rusa en la que nos encontramos con continuos altibajos que lo cambian todo repentinamente, hasta nuestro propio modo de pensar.


Siempre he hablado de lo mucho que te enseña el caer, de lo mucho que se aprende de los errores cometidos. Y hasta hoy me había gustado la sensación de pensar de esa manera, de creer que lo malo al fin y al cabo terminará aportando algo bueno.


Pero un día cierta amiga me hizo una pregunta que me hizo pensar: ¿Cuánto tiempo estás dispuesta a malgastar aprendiendo de tus errores? Obviamente no supe contestar.


Ahora tengo mi propia respuesta. Ni un solo minuto más.

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