lunes, 12 de mayo de 2008

El libro de la vida


Búscame dónde los sueños sean eternos,
Y las miradas se pierdan sonriéndole al viento.
Búscame dónde el aire es perfume y aroma.
Y los besos callados van cobrando forma.



Hoy voy a escribir poesía para escapar. Necesito olvidarme del mundo y hacer que el mundo me olvide por algunas décimas de segundo. Nunca somos conscientes de todo aquello que hemos vivido hasta que nuestra mente comienza a recordar o algún amigo se sienta a nuestro lado a recuperar viejos momentos que nunca volverán a pertenecernos.

Me gusta pensar que las personas somos como libros. Todos tenemos la misma base, y hemos sido concebidos de la misma manera. Sin embargo, cada uno de nosotros es distinto. El número de páginas bien podría ser la cantidad de tiempo que permanecemos vivos, y el relato aquello que nos hace especiales, convirtiéndonos en únicos; marcando nuestra personalidad.

El epílogo es lo que los demás pueden decir acerca de nosotros o bien nuestra propia impresión; una especie de anticipo. El texto de la contraportada es un breve resumen de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que algún día llegaremos a ser.

Hay muchas clases de libros, diversos tanto en la forma como en el contenido. Los de pasta dura pertenecen a almas fuertes, firmes y decididas; los de pasta blanda narran la vida de aquellos cuya alma está indecisa. Existen libros de bolsillo que ocupan un mínimo espacio, y otros mucho más grandes que abarcan una gran parte. Siempre he pensado que es posible conocer a las personas sabiendo la clase de libros que leen en general.

Si lo pensamos con calma, la vida de cada uno es el mejor libro jamás escrito. Tal es su grandiosidad, que su final es también el final de nuestra existencia…

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