viernes, 30 de mayo de 2008

Protagonista de mis sueños


Al despertar me di cuenta de que siempre soñaba lo mismo. Cerraba los ojos y a la única persona a la que veía era a ti. Corrías sonriendo, gritando palabras que el viento arrojaba lejos, abriendo los brazos para unirte a mí hasta el fin de los días. Sin embargo yo estaba quieto, observando como tú, lo que siempre quise y jamás pude tener en la vida real, te precipitabas a mi encuentro. Las piernas me temblaban y el corazón me ardía. Mis ojos pasaban a ser un río revuelto. Lloraba, pero eran lágrimas de dicha, de ansia, de amor… Un amor tan grande que no posee espacio suficiente para respirar. Tú seguías caminando, ya estabas cerca, ya casi podía sentir el roce de tus labios y el perfume de tu cuerpo; ya casi podía embargarme tu sonrisa arrulladora y tu caricia eterna. Ya casi te tenía. Ya casi eras mía… Y en ese momento me despierto siempre, maldiciendo al mundo por ser tan injusto. Odiando cada día que no puedo tenerte, y que he de conformarme con mirarte desde lejos. Y en ese momento la ilusión se muere en mis entrañas. No me queda más que esperar con cautela ese segundo que tardas en saludarme feliz, con esos ojos tan abiertos que me invitan a perderme. No me queda más que desear que vuelva a llegar la noche para sentir, que al menos en mis sueños puedo tenerte, aunque nunca llegue a tocarte. Porque eres la mujer de mis sueños y te haces realidad en cada paso que das hacía mí. Porque eres la mujer de mis sueños y la protagonista del libro de mi vida…

martes, 27 de mayo de 2008

En algún lugar del mundo


La primera vez que la vi estaba sentada en aquel muro medio derruido de la playa del norte. Sus ojos miraban al infinito con una rabia tan intensa que jamás pensé pudiese anidar en nadie. Era como si tratase de descifrar algún código desconocido o pidiese explicaciones al mundo por algo que no merecía y sin embargo allí estaba; a su lado, en cada paso que diera.

Por un momento quise acercarme a contemplarla. Si hay algo que siempre me ha caracterizado es la curiosidad por los desconocidos. Las terribles e infinitas ganas de sentir el interior de las personas. Personas como ella, que eran capaces de llenar aquel recóndito lugar, vacío de nadie y perdido en la tierra. Pero algo me impidió hacerlo.

Tal vez no quise romper aquella magia que por primera vez pude notar en el interior de mis entrañas. Supongo que si nunca la habéis sentido, habréis oído hablar de ella. Tan misteriosa que surge en el instante más inesperado y tan impactante que despista al ser más concentrado. Simplemente surge y el silencio lo invade todo. Tienes sin darte cuenta la necesidad de cerrar los ojos y respirar tan hondo que en tus pulmones habría espacio para todo el aire del universo. No oyes nada, no ves nada, tan sólo sientes. Sientes la magia de ese momento, y en tu interior surge el deseo de guardar esos segundos para el resto de tu existencia. Por un segundo más de esa atmósfera serías capaz de arruinarte. Sin embargo ni el amor más profundo es infinito, y de repente despiertas, siendo consciente de que a partir de ese momento, jamás volverás a ser quien eras.

O quizá siendo sincero, temí que toda esa rabia que la embargaba me impregnara eternamente. No quise ser egoísta. No iba a ser yo el culpable de devolverla al mundo al que pertenecía; y mucho menos me sentía capaz de explicarle que los sueños no son más que simples sueños, y que la mejor solución siempre es abrir los ojos y mantenerlos así hasta el final.

Nunca más supe de ella. Jamás volvió a aquel lugar o jamás fui yo quien lo hice. No sé bien si aquella mágica alma fue un producto de mi enorme imaginación o si fue real nuestro primer y único encuentro frente a las aguas cristalinas. Sólo sé que desde entonces mi rumbo dejo de pertenecerme y que nunca nada podrá asemejarse a lo que sentí en aquel rincón de la isla…