miércoles, 9 de septiembre de 2009

Seguir.


Silvia se marchó de allí con los cristales rotos en su interior. No quería olvidar, pero sí seguir caminando. Tal vez su hermano tuviera razón al afirmar que el tiempo hablaría en último lugar, pues al fin y al cabo, él era el dueño de las palabras. Sin embargo las mejillas le olían a sal, y muy a su pesar había algo que sabía con certeza. Que ya nada sería igual. Que todo cambiaría. Que el día y la noche serían uno, y que las agujas de su reloj tardarían mucho en descongelarse.