domingo, 3 de octubre de 2010

¿Quieres saber lo que sentí?



No podía respirar. No era capaz de respirar. Sentí que el aire de mis pulmones se había evaporado, y que el corazón latía demasiado rápido, como si quisiera destrozarme el pecho con golpes fuertes e innumerables. No podía apartar la vista. No podía mirar hacia otro lado, ni podía secar el mar que inundaba mis ojos con olas de cinco metros. Sentí un dolor desconocido, para nada físico; una decepción de incalculable dimensión, y un vacío inmenso, frío, angustioso. No podía parar de gritar. No podía decir una sola frase que tuviera la más mínima coherencia. Sentí que ya todo daba igual, que podía subir el volumen de mis sentimientos hasta el número más alto porque aún así jamás me escucharías. No podía dejar de temblar. No podía controlar mi cuerpo. Sentí que hablaba por sí mismo, que se escapaba de mi control; que ya nada volvería a estar bajo mi mando, porque había perdido la capacidad, el amor propio y las ganas de seguir luchando.

Sin embargo ahora me siento mucho mejor. Ahora ya no es más que un mal recuerdo. Un papel que guardas en un cajón y que un día por casualidad encuentras haciendo limpieza y decides tirar a la basura porque te das cuenta de que guardarlo no sirve de nada. Al fin y al cabo, no es más que un papel…