lunes, 20 de diciembre de 2010

Los sueños, sueños son.


Somos soñadores por naturaleza. Unos más que otros, pero todos imaginamos. Ya sea dormidos o despiertos (sobre todo lo segundo), nos contamos historias una y otra vez, dejando que nuestros pensamientos más profundos se conviertan en la novela del año, la película más asombrosa o la canción número uno de la lista.

Dentro de nuestros sueños todo parece ser más sencillo, porque soñamos lo que deseamos y por tanto, siempre obtenemos aquello que ansiamos. Tenemos el control, y lo utilizamos para dar rienda suelta a todas las palabras que desean despegar de nuestros labios. Nos contamos relatos de cómo una tarde cualquiera termina convirtiéndose en las horas más románticas o ardientes de nuestra existencia. Nos inventamos lugares dónde hablar de los sentimientos es tan fácil como salir a comprar el pan. Nos desnudamos siendo nosotros mismos, sin dudas, sin miedos, sin temor a un final no esperado.

¿Nunca habéis discutido con alguien, y mientras pasaba no os han salido las palabras, pero horas después, soñando despiertos, las mismas brotaban como dardos al centro de una diana? Siempre ganamos las batallas en nuestros sueños. Siempre lo controlamos todo. ¿O no?

No siempre es pan comido. Los pensamientos a veces tienden a fusionarse unos con otros, preparando escenarios que no nos agradan o trayendo recuerdos que nos gustaría expulsar. Aunque estemos dormidos, no debe haber lugar para distracciones o ese control del que hablaba se escapará.

El problema surge cuando despertamos volviendo así al mundo real, dónde la mayoría de las cosas son inesperadas. Nos sentimos de nuevo embargados por el miedo y las dudas, y todo se nos vuelve más complicado. Más complicado y más valioso a la vez, porque al menos a mí, me apasionan los retos, y de esos hay muchos en el despertar. Todo lo que obtengamos será real.

Últimamente he estado sumergida en un mar de sueños continuos, y de repente, en un momento de distracción, me he dado cuenta de que necesito un buen chute de realidad. Dicho y hecho.