miércoles, 24 de agosto de 2011

El mundo a mis pies.


Sólo es capaz de realizar los sueños el que, cuando llega la hora, sabe estar despierto. (León Daudí)


Al mirarle comprendí que todo había terminado para siempre. Mentiría si dijera que pienso que lo nuestro fue algo que jamás debió empezar, ya que considero que las mejores lecciones se aprenden tras los errores que (a veces necesariamente) cometemos.

He pasado un año buscando respuestas, esperando que la vida en un acto de generosidad me regalara una pequeña señal que me abriera las puertas al camino correcto. Sin embargo esas cosas no suceden, al menos no a mí. Soñé millones de veces con una de esas escenas de película en la que “chico pide perdón a chica que se echa a llorar emocionada y perdona todo tipo de humillaciones cual retrasada profunda”. A día de hoy me sorprendo con la cantidad de estupideces que somos capaces de hacer, decir o pensar mientras estamos ciegos de amor.

Me decía a mí misma que para poder continuar debía antes aprender a perdonarle a él, a dejar atrás el odio y el rencor. Entonces, sólo entonces, conseguiría volver a respirar y recuperar mi fe. Pero me equivocaba, pues a quien debía perdonar era a mí misma por haber permitido a otra persona hacerme daño de manera tan gratuita; por no haberme querido un poquito más; por seguir auto-boicoteando mi presente con recuerdos del pasado.

Sabía que volvería a verle (es lo que tienen las fiestas de verano). Era inevitable. Y al mirarle comprendí que todo había terminado para siempre.

Y ahora estoy aquí, con el mundo a mis pies. El cielo está despejado. Por lo que a mí respecta, su capítulo está cerrado con un punto y final. Capítulo nuevo: Yo, siendo feliz; cumpliendo mis sueños, por fin.


Una canción que me gusta: