viernes, 27 de enero de 2012

Al final del océano.



Llévate el invierno que habita en mí.
Necesito que seas el paraguas que me salva de esta tormenta.
Necesito que seques las gotas de lluvia que resbalan por mi cara.
Necesito que me abrigues el pecho con tus manos.
Trae para mí, otra vez, el sol de la primavera.


Por un segundo pensé que me ahogaba. El agua se abría paso a través de mi garganta y derribaba todo a su paso. Me estaba hundiendo y empapada, casi podía tocar con los dedos del pie la profundidad del océano. Y mientras descendía hasta la más clara oscuridad, se perdían a cada centímetro los sonidos que alguna vez me pertenecieron. Y mientras dejaba de respirar me daba cuenta de que no estaba esforzándome en nadar hacia la superficie. Me dejaba llevar por las corrientes marinas, tratando de llevarme hasta un límite que me hiciera reaccionar.

Dicen que cuando nos alejamos del mundo, ese que un día elegimos habitar, vemos pasar a través de nuestros ojos pedacitos de una vida que suponemos, era nuestra. Como pequeñas piedras que unidas conforman la armadura con la que luchamos hasta llegar hasta donde estamos en ese momento. Dicen, que al final, siempre encontramos razones para no desear marcharnos.

Yo te vi a ti. Te vi a ti, en cada roca, pequeña o grande; Te vi a ti, enseñándome a sonreír. Te vi a ti, enseñándome a apreciar el suelo que pisaba cada día. Te vi a ti, besando mis labios desde la más absoluta inocencia y el más profundo amor. Te vi a ti, uniendo nuestras manos para mostrarme un lugar para perderse, un lugar para soñar. Te vi a ti, llenándome de paz hasta el último resquicio de mi cuerpo. Te vi a ti, y encontré mis razones.

Por un segundo pensé que me ahogaba. Cerré los ojos. Saqué toda la fuerza que me quedaba y ascendí hasta alcanzar el aire. Y en un suspiro abrí los ojos. Tú estabas allí, como siempre, tendiéndome una toalla para secar de una vez toda mi tristeza.