jueves, 14 de mayo de 2015

Huracán.


Volviste. Llegaste como siempre solías hacerlo, fuerte, decidido, frío. Sonreíste canalla, como el que sabe que tiene un as en la manga y que podría utilizarlo cuando quisiera. Como el que se siente dueño de algo que aunque no es suyo podría serlo. Volviste. Recaíste en mis ojos como el que enciende un cigarro después de años sin llenar sus pulmones de humo. Volviste. Intentaste encontrar en mí a la niña que se deshacía entre tus manos, como una canción cantada a tientas en un cuarto a oscuras.

Tiempo atrás solía ser tuya además de mía. Y en mi mente siempre fuimos dos jugando a encontrarnos por casualidad. Dos personas sin nada en común que lo tenían todo entre las sábanas. Dos personas que podrían quererse aunque la simple idea del amor fuera el monstruo bajo esa cama sin dueño. Tiempo atrás solías vivir en mi cabeza más de lo que me hubiera gustado. Como aquel al que no puedes dejar de mirar aún sabiendo que jamás querrá saber más de ti que lo que su propia vista le ofrece. 

Volviste. Me llenaste los oídos de poesía, de música con mensaje, de esa que parece que te habla únicamente a ti. Me desnudaste, pero sólo con tus ojos de café, porque aunque tus manos también quisieran hacerlo no supiste encontrar en mí una grieta por la que colarte. Y me abrazaste, mucho y muy fuerte, esperando que yo también volviera. Como si eso fuera posible. Como si nunca hubiera desaparecido la inocencia que se nos perdió en esas cuatro paredes. Como si aún fuera tuya, además de mía.

Volviste. Como un huracán a punto de arrasarlo todo y no dejar nada, para después desaparecer y no ser más que una cicatriz mal cerrada. Menos mal que a pesar de ser sólo dos jugando a un juego de mayores yo siempre te vi venir. Y escapé. Escapé como aquella tarde en la que no me quedó más remedio que terminar una partida en la que sabíamos que nunca ganaría nadie.