viernes, 16 de diciembre de 2016

Marta (Proyecto?)


Siempre he pensado que la pregunta ¿qué hubiera pasado si...? era más una cuestión de motivación que se usaba para dar consejos no pedidos. Y tenemos que reconocerlo, todos le hemos dicho a alguien alguna vez que tenía que dar un paso hacia delante para no pasar el resto de su vida pensando en qué habría podido pasar si no sé, en lugar de habernos entretenido hablando de más con aquella señora en la cola para comprar el billete, hubiéramos corrido como si el suelo quemara para no perder el tren. Sí, ese que sólo pasa una vez y si no lo coges estás jodido de por vida, y abocado a pasar el resto de tus días vagando en relaciones que jamás te llenarán del todo. Y con mucho sexo del malo.

Lo reconozco, siempre fui un poco escéptica para estas cosas. Quizá porque he crecido rodeada por un grupo de amigas con un curriculum amoroso más completo que el que te piden hoy en día para trabajar en el chino de al lado de casa. Y sí, he visto de todo. Desde tíos que tres semanas después de conocerte ya te quieren para la eternidad, hasta otros que te aseguran que van a dejar a su novia de toda la vida porque magia, después de pasar la noche retozando contigo en el baño de una discoteca, en el sofá de su piso, y en el asiento trasero de su coche, han visto la luz y les apetece dejar una relación estable de 7 años para tener otra aún más estable contigo. Pero mi historia preferida, siempre fue la de aquel tío al que mi amiga pilló por Facebook escribiéndose con al menos 10 mujeres distintas y que se excusó alegando que nunca había llegado a quedar con ellas. Decidme que no es para hacerle un monumento en el centro de Madrid.

Definitivamente no. Nunca tuve ganas de perder mi tiempo en una relación seria que a todas luces terminaría conmigo como un oso panda porque no me desmaquillé antes de irme a llorar a la cama, y comiendo helado de brownie de Ben & Jerrys (que por todos es sabido que es el mejor) mientras me flagelo viendo El diario de Noa en bucle, preguntándome por qué coño se me ocurrió que era una buena idea darle mi corazón a un cabrón que encima no follaba tan bien. Un planazo, vamos.

Y así pasó mi adolescencia íntegra y casi todo el comienzo de mi madurez; follando mucho y queriendo lo justo.

Ahora es muy probable que penséis que soy de piedra. Que uno tiene que enamorarse para saber lo qué es la vida. Que lo que tengo es miedo y soy una cobarde conformista que lo único parecido a una relación que ha tenido ha sido cuando ayudó a una amiga a ligarse a un tío dictándole lo que tenía que escribirle por Whatsapp. Y puede que en parte sea cierto y al final terminaré dándole la razón a mi amiga Clau cuando me decía que cualquier día inesperado me estamparía de cara contra el hombre de mis sueños y no me quedaría más remedio que aceptar que soy humana y no un robot sin sentimientos. Ese día estaba más cerca de lo que yo pensaba, y cuando ocurrió, deseé mucho y muy fuerte haber hecho caso a Bea cuando decía que había que ir arreglada hasta a comprar el pan porque la vida es como una caja de bombones y nunca sabes en qué momento aparecerá el bombón que hará que quieras saltarte la dieta sin parar aunque con ello el acné juvenil vuelva a llamar a tu puerta.

Por cierto, que estoy aquí contándoos mi vida y ni siquiera me he presentado. Me llamo Marta, vivo en Madrid y mi existencia está a punto de cambiar por completo.