lunes, 16 de enero de 2017

Rompías mi corazón.



Rompías mi corazón.

Me rompías y luego me buscabas entre las ruinas como si fuera un tesoro.
Y yo, que terminé siendo polvo entre tus dedos, me escurría para dibujarte el camino de regreso.
Pero no siempre volvías.
Y yo me quedaba esperando a la orilla para descubrir la sal de otra boca en la tuya.

No eras mío. No era tuya. Y sin embargo éramos el uno del otro.
Como caminos que saben que seguirán encontrándose porque los dos van a Roma.
Como acordes que sólo son música cuando se tocan juntos.
No eras mío. No era tuya. Pero sólo éramos cuando nos fundíamos en la misma cama.

Jamás me sentí más yo que cuando me arrancabas tu nombre de los labios.
Jamás fuiste más tuyo que cuando te permitías darte a mí por unas horas.
Pero no creo que fuera amor. O al menos no era el amor que merecía.
Porque el amor que merezco es más valiente que la propia palabra.
Y no huye. Y no se esconde. Y lo único que rompe son mis bragas.

Y sin embargo tú rompías mi corazón.
Porque te querías libre y a mí me atabas las alas.
Porque sólo eras capaz de decir con tus manos lo que gritaba tu corazón.
Porque cuando te lo quería dar todo no eras capaz de devolver ni una pizca.
Porque huías. Y te escondías. Y me rompías hasta la fe.